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La Revolución Mexicana en su primer centenario. Monumento a la Revolución. PDF Imprimir Correo electrónico
Viernes 19 de Noviembre de 2010 18:00

Cuauhtémoc Cárdenas

El 5 de octubre de 1910 escribía Francisco I. Madero: “…he designado el domingo 20 del entrante noviembre para que de las seis de la tarde en adelante, todas las poblaciones de la República se levanten en armas…
“Si os convoco para que toméis las armas… [es] para salvar a la patria del porvenir sombrío que le espera, continuando bajo su dictadura y bajo el gobierno de la nefanda oligarquía científica, que sin escrúpulo y a gran prisa están absorbiendo y dilapidando los recursos nacionales, y si permitimos que continúen en el poder, en un plazo muy breve habrán completado su obra: habrán llevado al pueblo a la ignominia y lo habrán envilecido; le habrán chupado todas sus riquezas y dejado en la más absoluta miseria; habrán causado la bancarrota de nuestra Patria, que débil, empobrecida y maniatada, se encontrará inerme para defender sus fronteras, su honor y sus instituciones…”

Y hoy que conmemoramos el primer centenario del inicio de la Revolución Mexicana, cuando los neoliberales reaccionarios que han encabezado las administraciones del país desde hace tres décadas, los científicos de ahora y sus nuevas modalidades de entreguismo, colonialismo y sometimiento al extranjero tienen al pueblo y al país en condiciones equivalentes o peores a las previas al estallido revolucionario, ¿no cabría un llamamiento equivalente?

Hoy, como entonces, el pueblo reclama trabajo, seguridades para la familia, educación, salud, oportunidades para crecer y desarrollarse. No pide sino aquello a lo que tiene pleno derecho, después de que quienes gobiernan han protestado desempeñar leal y patrióticamente sus cargos mirando en todo por el bien y la prosperidad de la Unión.

Y nos preguntamos en voz alta: ¿bien y prosperidad es lo que se ha dado a México y a los mexicanos con el abandono de los principios revolucionarios y en particular con los años de políticas neoliberales, que han sido años de contrarrevolución, de contrarrevolución declarada, consciente y sistemática? El cuadro de caos y descomposición está a la vista.

Porque la Revolución, a pesar de lo que digan sus detractores, dio a México un largo período de estabilidad política y social, que fue también un largo período de desarrollo económico y de mejoramiento social.

La Revolución dio a México, entre sus numerosas contribuciones, una que bien podemos calificar de toral: una Constitución que recogió el principio fundamental, que venía desde la Independencia y en particular de los Sentimientos de la Nación de Morelos, que la soberanía de la Nación reside en el pueblo; que reafirmó la laicidad del Estado y la liberación de las conciencias, conquistadas por la brillante y patriótica generación liberal de la Reforma; recuperó y reafirmó el dominio de la Nación sobre el territorio y los recursos naturales; estableció los derechos sociales –a la tierra, para los poblados desposeídos o carentes de tierra; a la huelga, a un salario suficiente, a condiciones de trabajo seguras y dignas, para los trabajadores-; fijó el carácter laico de la educación, como garantía de equidad ideológica y expresión determinante de la libertad de pensamiento; condicionó las modalidades de la propiedad al interés público; prohibió los monopolios, salvo aquellos que reconoció como necesarios instrumentos del Estado; y garantizó el pleno ejercicio de las libertades individuales.

De no haber tenido lugar la Revolución Mexicana millones de campesinos nunca hubieran recibido una parcela de tierra, quien sabe cuándo y cómo se hubieran reconocido el derecho a la huelga y el salario mínimo para los trabajadores, no nos reconoceríamos como nación pluriétnica y pluricultural, no habría seguridad social, ni Instituto Politécnico Nacional, ni Universidad Autónoma Metropolitana, ni universidades públicas y autónomas en muchas partes del país, ni derechos sindicales, ni Comisión Federal de Electricidad, Banco de México, Fondo de Cultura Económica, ni con todos los problemas existentes y las críticas que válidamente puedan hacerse se hubieran expandido los servicios educativos como lo han hecho, ni se hubiera contado con una banca de desarrollo que por décadas impulsó el crecimiento económico del país, ni la industria petrolera se hubiera constituido por un largo período en el motor de la industrialización y del crecimiento de la economía.

De no ser por las fuerzas políticas inspiradas y que verdaderamente se identifican con los principios de la Revolución, no estaría dándose, no sin muchos tropiezos y a veces retrocesos, desde 1988, la difícil transición que tiene lugar hacia una más amplia y efectiva democracia: no se habría logrado el mayor respeto al voto, que debe aun alcanzarse cabal; ni existiría una real pluralidad partidaria; ni se hubiera dado el fin del régimen de partido de Estado dominante; ni la separación real de los Poderes; ni se habría abierto la posibilidad a que no hubiera mayorías absolutas en las Cámaras del Congreso; ni habría una autoridad electoral independiente del Ejecutivo; ni se hubiera dado la alternancia partidaria en la titularidad del Ejecutivo federal; ni se elegiría con el voto ciudadano el gobierno de esta ciudad capital. Todo esto se logró por el vigor y la decisión del movimiento democrático.

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¿Y de las tres décadas de neoliberalismo qué puede decirse?

Hace pocas semanas, aquí mismo, señalaba yo que las tres décadas de neoliberalismo, del 82 para acá, son el producto de las desviaciones, claudicaciones y corrupción de los regímenes de la llamada revolución institucionalizada, que acabó poniendo al país en manos de una conducción política entreguista, que expresamente se deslindó de la Revolución Mexicana, que impuso un proyecto, que se mantiene vigente independientemente de las pertenencias partidarias de quienes toman las decisiones, que consciente y sistemáticamente erosiona las ideas, desmantela la obra constructiva, destruye las instituciones, modifica las leyes básicas, despoja al pueblo de derechos alcanzados por la acción y el impulso de la Revolución, que hace que día a día, aun sin darnos cuenta, se vayan perdiendo soberanía e independencia. Que ha tenido y tiene como política de fondo desarrollar a México de acuerdo al modelo político, económico y social de un país dependiente y de una sociedad sin identidades nacionales.

Hoy nos encontramos con un país caracterizado por la desigualdad social, por una pobreza creciente y lacerante que afecta a las grandes mayorías de la población, por falta de oportunidades aun para aquellos pocos que alcanzan a formarse en la educación superior, por un desempleo provocado por una economía puesta al servicio de intereses externos, contrarios a los nacionales, y una delincuencia y una violencia incontroladas que alteran gravemente la vida de la sociedad entera.

Nos encontramos con la instrumentación de una política económica, a la que terca y antipatrióticamente se mantiene aferrada la administración para intencionadamente generar un muy bajo, casi nulo y hasta negativo crecimiento en ciertos períodos, que no responde a las necesidades de la población ni corresponde a las potencialidades de los recursos del país y nos deja débiles y vulnerables frente al exterior.

Por otro lado, la conducción política se muestra errática, impotente e incapaz para enfrentar y encontrar solución a los problemas del país, que son los problemas de los mexicanos todos. El discurso oficial, monotemático, no ofrece alternativas fuera del combate a la delincuencia organizada y los resultados en este campo dejan ver dispersión de mandos, la falta de un plan racional e integral para enfrentar el problema, víctimas que se cuentan ya por decenas de miles, porciones del territorio nacional cada vez más extensas e importantes bajo control de la criminalidad, una violencia creciente en sus formas y en su presencia territorial y estrategias diseñadas e impuestas desde afuera, adoptadas sumisamente y sin reflexión alguna, que quedan muy lejos de dar los resultados que anuncia el discurso.

Entre estas estrategias, no puede dejar de mencionarse, se encuentra la de crear el mando policial único, que surge de la llamada Iniciativa Mérida y que según está planteada abriría el riesgo de una mayor militarización del país, de acentuar el autoritarismo, desvirtuar el federalismo y la naturaleza del municipio y de crear una institución paramilitar, organizada unitariamente y fuertemente equipada en armamento y tecnología, enfrentada política e incluso militarmente al Ejército.

Es cierto, las Fuerzas Armadas deben ser relevadas de la encomienda de perseguir a la delincuencia organizada, pues no están preparadas ni profesional ni anímicamente para ello, pero ese paso debe darse como parte de un plan que considere no sólo el combate frontal a esa criminalidad por un cuerpo especialmente encargado de ello, que se vincule obligadamente, como marca la Constitución, al Ministerio Público, sino además, una más eficaz coordinación con las policías estatales y municipales (éstas, por cierto, no debieran desaparecer sino en todos sentidos fortalecerse y manejarse coordinada pero separadamente de los cuerpos encargados de enfrentar al crimen organizado), así como la coordinación con los poderes legislativos y judiciales federales y estatales, y acciones en múltiples campos como los sistemas de educación y salud, la instrumentación de una política de crecimiento económico y generación de empleo y oportunidades, el involucramiento concertado de los medios de información, el combate a la corrupción, el seguimiento de los flujos del dinero sucio, una mejor coordinación internacional y el mejoramiento substancial de los servicios de inteligencia.

La conducción política de la Nación, en el mejor de los casos, resulta incierta y sin rumbo, incapaz para resolver los problemas del país, lo que ocasiona que gobernantes, legisladores, partidos políticos, las instituciones públicas en lo general pierdan día a día la credibilidad y la confianza de la gente respecto a sus intenciones y capacidades. Lo que queda en la gran mayoría es desánimo y pesimismo, angustias crecientes y una irritación difícil ya de contener.

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Las conmemoraciones del bicentenario de la Independencia y del centenario de la Revolución Mexicana debieron ser oportunidad para una profunda reflexión sobre pasado y presente, sobre las contribuciones de esos dos grandes movimientos populares tanto al México de sus tiempos como al de hoy, pero debieron haber sido sobre todo aprovechados para convocar a la Nación a una amplia y plural reflexión sobre el rumbo que debiera darse al país de aquí a la conmemoración de los siguientes centenarios, y aprovechados igualmente para generar desde ya una gran movilización del pueblo y de sus fuerzas culturales y económicas para reencauzar al país por sendas de progreso y bienestar sostenidos.

Desafortunadamente faltó visión, voluntad o patriotismo, o todo ello, para haber aprovechado estas fechas como incentivos y oportunidades para fomentar la cohesión social y la unidad de voluntades para la acción conjunta.

En vez de fijarse metas de mejoramiento social en distribución del ingreso, educación y salud, de actividad cultural en todas las disciplinas y por todos los rincones del país, así como de crecimiento económico a partir de compromisos concretos de obras de infraestructura y de desarrollo regional y nacional, como lo hicieron otros países, las conmemoraciones centrales se organizaron como fiestas de un día, totalmente efímeras, sin entender que se está frente a una sociedad agraviada por los golpes de políticas públicas equivocadas, que no busca frivolidad ni entretenimiento, a la que no se va a satisfacer con espectáculos de luces que al final del día se apagan y fuegos fatuos que se esfuman en el aire, que representan dispendios ofensivos, sino atendiendo a sus necesidades y yendo a resolver los problemas en sus raíces. Pero pensar que con la actual conducción política de la Nación las cosas podían haber sido distintas, sería, como dice el dicho popular, pedir peras al olmo.

Lo que si se ha visto en estos tiempos de conmemoraciones, es la acción orquestada de las fuerzas del entreguismo y el oscurantismo para destruir los valores patrios, para denigrar a las figuras de nuestros héroes, para erosionar los símbolos y las causas que nos identifican como mexicanos y nos fortalecen frente a las acechanzas de quienes pretenden un México sometido, inerme e incapaz incluso de reconocerse.

Nuestros héroes, como todo mundo, fueron seres de carne y hueso, de luces y sombras, muchas más luces que sombras, y con ánimo destructivo voces y plumas del oscurantismo los han venido presentando más que en sus logros y contribuciones a la edificación de nuestra Nación, al través de supuestos aspectos de su vida cotidiana, aspectos mundanos y triviales que no fueron los que caracterizan sus biografías, los que ocuparon la mayor parte de su tiempo y pensamiento y menos los que determinaron los hechos trascendentes de sus vidas. Pero de la reacción, de aquellos a quienes duelen todavía la Independencia, la Reforma y la Revolución, no debía ni podía esperarse otra cosa.

Esta política de la actual administración de destrucción de los valores patrios y de desaparición de las identidades nacionales, no es sino el seguimiento de aquella que por un sexenio mutiló el escudo nacional, pretendiendo que aceptáramos “el águila mocha”, y de este cambio de días feriados no laborables fuera de las fechas a conmemorar, que no tiene otra intención que borrar de la memoria colectiva los grandes hechos y a los grandes personajes de nuestra historia y hacer perder a los mexicanos referencias e identidades con los constructores de la Nación y la nacionalidad.

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Con fecha y hora precisas, con objetivos claros, Francisco I. Madero convocó al pueblo mexicano a hacerse dueño de sus destinos y a evitar la disolución de la Nación.

La convocatoria de Madero, el Plan de San Luis Potosí, fue la chispa que encendió el más importante y trascendente movimiento popular de nuestro país en el siglo XX, que al igual que los otros dos grandes movimientos populares de nuestra historia, la Independencia y la Reforma, dejó un legado que se suma a los de éstos para establecer compromiso e imprimir rumbo para el futuro.

Hoy, a un siglo de distancia de la hora fijada por Francisco I. Madero para que el pueblo mexicano se pusiera en movimiento, como él lo hiciera entonces, debemos nosotros convocarnos, en un gran llamado colectivo, a recuperar el país para los mexicanos y a imprimir a su desarrollo condiciones de progreso y bienestar. Esta es la hora precisa para empezar.

La Revolución Mexicana está vigente, como lo están en su esencia fundamental la Independencia y la Reforma. Los hombres y mujeres que les dieron vida y plasmaron su acción en mayores libertades para los mexicanos, ya no están con nosotros. Pero está su pensamiento, están sus ideas, la obra material que entregaron a su generación y a las venideras, están en la memoria colectiva los ideales y compromisos que guiaron sus conductas, y mantienen vigencia los reclamos populares: una más amplia y mejor democracia, vida digna para todos, trabajo, educación, salud, protección social, igualdad ante la ley, la autoridad y en las oportunidades de mejoramiento y superación, un país de leyes, libertades ciudadanas, participación en la toma de las decisiones, un orden mundial equitativo y de paz.

La gran convocatoria colectiva que debemos hacer ahora no es a tomar las armas, sino a construir la fuerza social que tenga la capacidad para llevar a cabo una nueva revolución, que de ese tamaño es el cambio que el país reclama, una revolución pacífica, conducida dentro de la ley y con normas democráticas, conscientes todos de la dimensión de los intereses por enfrentar y del esfuerzo titánico que debe realizarse para sacar al país de la situación humillante de atraso, dependencia, desigualdad social, postración, en la que se le mantiene aherrojado.

El oscurantismo retardatario y el neoliberalismo entreguista no van a resolver los problemas del país. No quieren, no les interesa, les beneficia la situación de dependencia y de deterioro crecientes.

Hace unas semanas expresé aquí y ahora lo reitero: las fuerzas progresistas y democráticas son las únicas capaces de recuperar para la Nación un rumbo acorde con los principios avanzados de la Revolución Mexicana. Somos más, lo dije también, los mexicanos que aspiramos a una Nación que ejerza su soberanía sin trabas, a una democracia más amplia y participativa, a un reparto equitativo de la riqueza pública, a una vida digna y oportunidades de mejoramiento para todos, al respeto pleno y al ejercicio cabal de nuestros derechos constitucionales, al predominio efectivo de un Estado de derecho, a una administración honrada de los bienes públicos, a un mundo equitativo, solidario y de paz, que aquellos dispuestos a servir a intereses de minorías entreguistas y hegemonías externas.

Pero la gente progresista y democrática se encuentra dispersa, dividida y en algunos casos incluso confrontada.

Es cierto que se acercan los tiempos electorales, pero es cierto también que aún hay tiempo para tomar las decisiones al respecto. Hoy elecciones y candidaturas dividen. Ya llegarán los tiempos en que unifiquen.

Así, es momento de preguntarnos: ¿qué puede unificarnos ahora? Encuentro la respuesta en la elaboración colectiva de una propuesta que puedan adoptar partidos, organizaciones, los ciudadanos y sus eventuales candidatos, comprometiéndose todos y cada quien por su lado a incluirla no sólo en sus propuestas electorales, sino en sus programas de gobierno y más allá de ello, en la actividad cotidiana. Compromiso público ante el pueblo y la Nación es lo que hoy podemos exigir y el que cada uno, con nosotros mismos, podemos hacer.

Convoquémonos, lo digo en plural, en un gran plural, a elaborar esa propuesta progresista y democrática, que tenga la posibilidad de ser respaldada por una efectiva mayoría política, que trascienda partidos y organizaciones, que deje las candidaturas para el momento en que deban definirse –no hay que comer ansias-, que no impidan éstas la discusión y la elaboración programática y propositiva, pero comprometamos a quienes puedan ser candidatos, no importa qué ciudadanos y qué organizaciones los apoyen cuando lleguen los tiempos de definiciones, a que asuman como propia la propuesta que elaboremos, la propuesta de un gran colectivo, de una mayoría pensante y comprometida. Tengamos presente que lo importante es que las cosas se hagan, que se hagan bien, independientemente de quién y bajo qué emblema se hagan.

Empecemos este 20 de noviembre del 2010 a construir el México que no sólo conmemore, sino que también festeje -y festeje en grande- los próximos centenarios.