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Homenaje a Alejandro Aura. PDF Imprimir Correo electrónico
Martes 12 de Agosto de 2008 18:00

Cuauhtémoc Cárdenas.


No dejó de ser una sorpresa agradable, muy grata, escuchar el pasado día 1°, en la grabadora de su teléfono de Madrid, la voz ronca, peculiar y distintiva de Alejandro, diciendo que ni Milagros ni él podían contestar la llamada.

Alejandro se fue, pero al mismo tiempo sigue estando entre nosotros, en la memoria y los recuerdos de sus amigos, de quienes lo quisimos y lo admiramos por su talento, por su creatividad desenfrenada, su inigualable humor, su generosa amistad, por su espíritu de servicio.

Recuerdo un encuentro a partir del cual nuestro trato empezó a hacerse frecuente y a tejerse una amistad que se hizo día con día más entrañable. Fue en “El hijo del cuervo”, en Coyoacán, donde con su singular perspicacia se le ocurrió organizar una mesa redonda, en los primeros días de septiembre de 1996, con el tema “¿Qué gente es el Regente?”, en la cual participamos Jaime González Graf, Ana Lilia Cepeda y yo, con Alejandro de moderador. Se había logrado la reforma que abría el camino para elegir al gobernante del Distrito Federal, una de las válvulas de escape, en el terreno político, al desastre que en todos los aspectos provocó el error de diciembre. No había todavía candidatos al nuevo cargo, no empezaba aun la discusión ni siquiera dentro de los partidos sobre quienes podrían serlo y los medios de información no especulaban sobre el tema. Yo no imaginaba lo que el futuro cercano me reservaba. Pero algo intuyó Alejandro.

Ya en campaña, en los recorridos por las colonias y los pueblos de las delegaciones del Distrito Federal, así como en los encuentros con los diferentes grupos de su población, se hizo evidente la ausencia de una política cultural y el desinterés acumulado de las autoridades de la capital por la cultura, de la que mal se ocupaba una dependencia perdida en el mundo de la baja burocracia, sin guía ni objetivos, con un presupuesto más que escaso, por lo que a partir del compromiso adquirido con la ciudad, se hacía necesario no sólo reubicar administrativamente esa área, sino dar a la actividad cultural la relevancia que en cualquier parte y en cualquier situación merece, tanto en el aprecio y valoración de la sociedad como en la responsabilidad de gobierno, por su impacto en la preservación y promoción de valores humanos, de la nacionalidad y las identidades locales; en la formación y elevación del individuo y la colectividad; y en la apertura a la diversidad y al mundo.

Para revalorar la actividad cultural en la capital hacía falta una cabeza. Invité a Alejandro a platicar. Conocía él las propuestas de campaña y le pedí sus puntos de vista sobre lo que el nuevo gobierno tendría que hacer en el terreno de la cultura. Soltó la imaginación y empezó a desbordar su creatividad en una plática sabrosa. Coincidimos en el trabajo a realizar, en la necesidad de crear de inmediato el Instituto de Cultura de la Ciudad de México y le planteé entonces la posibilidad que se hiciera cargo de su dirección. Aceptó. Fue sin duda un acierto, sobre todo para la cultura en y de la ciudad.

A pesar de los recursos siempre escasos, para sacar adelante su compromiso Alejandro desplegó su imaginación, sus capacidades ya probadas como promotor cultural y echó mano de las muchas relaciones tejidas en una rica trayectoria de trabajo y con las numerosas amistades construidas a partir de su entrega a esas amistades.

Tenía claro, en su convicción democrática, que más que sacar la cultura a la calle, había que ganar la calle para la cultura, y que, desde luego, no había cultura oficial, pues cuando existe algo que así puede calificarse, indiscutiblemente no es cultura. Así, en su acción al frente del Instituto, en todas las disciplinas, en la creación y en la divulgación, se abrió paso a la diversidad, se acabó con el clientelismo, el acceso a la actividad cultural no se circunscribió a las élites económicas y por eso pudo verse, por todos los rumbos de la capital, una tarea cultural activa: en el teatro en atril, los libroclubes, los conciertos, intérpretes destacados y representaciones diversas en las plazas, el Zócalo entre ellas, los encuentros de creadores, el estímulo a las expresiones de la cultura popular, como la rosca de Reyes, los altares del día de muertos o los nacimientos, etc.

En este día, quienes compartimos con Alejandro su trabajo en el Instituto de Cultura, hemos querido recordarlo y reconocer la valiosa contribución que en tres años dio a la cultura de y en nuestra ciudad capital. No encontramos mejor lugar para hacerlo que esta Casa Refugio Citlaltépetl, refugio de quienes en otras partes del mundo son hostilizados y reprimidos por su pensamiento, expresado en voz o en letra, que abrió esta ciudad por iniciativa y por su firme compromiso solidario, entre otros, de Carmen Boullosa y de Alejandro, en la que tenemos una expresión clara y firme de su convicción del derecho que a todos asiste para hablar y escribir con plena libertad.

Gracias a todos por estar aquí. Gracias a quienes intervendrán en seguida. El recuerdo permanente de Alejandro habrá de acompañarnos, y los invito a que cada uno de nosotros lo imaginemos ahora diciéndonos con su inconfundible voz rasposa y sus característicos desplantes, las últimas palabras de su “Despedida”: “Hago una caravana a las personas que estoy echando ya tanto de menos, y digo adiós”, a las que contestamos, simplemente, nos seguimos viendo, pues no se ha ido, sigue presente y muy presente.