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Ateneo de Madrid. PDF Imprimir Correo electrónico
Domingo 25 de Enero de 2009 18:00

Cuauhtémoc Cárdenas

Traigo desde México, para todos ustedes, amigos del Ateneo de Madrid, un fraternal y caluroso saludo de los amigos y la familia de Amalia Solórzano de Cárdenas, expresándoles, al mismo tiempo, nuestro agradecimiento por el sentido recuerdo que aquí se ha venido haciendo de ella.

España dio en vida a Amalia Solórzano, y le sigue dando, muestras de gratitud y reconocimiento a la solidaridad y amistad que ella brindó a España y a muchos españoles durante los años de la guerra y del exilio, en los años de las ausencias y las separaciones.

Fue así que en México, en las largas décadas que van desde 1939 hasta la reanudación de las relaciones diplomáticas en 1977, recibió múltiples demostraciones, de manera privada y pública, directas e indirectas, de cariño, amistad y reconocimiento de los amigos de la España que nunca se doblegó y nunca claudicó, y posteriormente, ya restablecidas en estas tierras las libertades políticas y con instituciones democráticas, desde un punto de vista que pudiéramos llamar formal, en octubre de 1995 le fue otorgado por la Fundación Españoles en el Mundo el Premio Carmen García Bloise, en octubre del 2002 se imponen los nombres de Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano a un aula de la Facultad de Filosofía de la Universidad de Alcalá, en noviembre del 2007 el gobierno español la distingue condecorándola con la Real y Distinguida Orden de Carlos III y en enero del 2008 al concederle la Cruz de Oro de la Orden Civil de la Solidaridad Social, aunque debo agregar que en España y en México, en ningún momento dejó de recibir las expresiones de afecto y amistad de amigos e instituciones de este país.

Hoy, a pocas semanas transcurridas desde que falta, el Ateneo de Madrid recuerda a Amalia Solórzano.

Ella fue solidaria con el exilio republicano. Formó parte del Comité de Ayuda a los Niños del Pueblo Español que gestionó fueran enviados a México y recibió allá a los niños de Morelia, los primeros de los miles que seguirían el mismo camino. Todos –y estoy cierto de no equivocarme-, quienes llegaron niños y quienes llegaron con más años encima, han justificado con su conducta y entrega a México, con las muy diversas formas con las que han enriquecido al país que los acogió y con las que con amplitud han retribuido el gesto generoso del pueblo mexicano, la confianza de aquel Comité que llevó a los niños y, de modo más amplio, la decisión del gobierno de Lázaro Cárdenas y su confianza en las bondades que traería a México proceder con apego estricto a los principios del Derecho de Gentes y abrirse incondicionalmente al asilo de los perseguidos por su decisión de seguir siendo libres en pensamiento y acción.

El nombre de Amalia Solórzano, en ningún momento y menos aquí, puede separarse del de Lázaro Cárdenas. Compartieron amor, matrimonio, amistades y afectos, formaron familia y compartieron también aspiraciones, compromisos y angustias y desde que decidieron unirse el 25 de septiembre de 1932 hasta el día en que él falleció, el 19 de octubre de 1970, materialmente juntos o cada quien momentáneamente en sitios diferentes, actuaron como uno, con el mismo ideal como guía y empujando en el mismo sentido. Amalia, desde aquel día y hasta este reciente 12 de diciembre, mantuvo el rumbo sin variación.

Por eso los españoles libres y la España de las libertades han recordado y honrado siempre juntos a Lázaro Cárdenas y a Amalia Solórzano, como, además, estoy cierto, es como ellos querían que se les viera siempre.

Las causas por las que ambos lucharon fueron la vida y la paz, el derecho de pueblos y naciones a la autodeterminación, la democracia, esa democracia amplia sustentada verdaderamente en la igualdad, igualdad entre naciones e igualdad entre individuos, el trabajo digno, la educación, la cultura, el conocimiento.

Las vidas de Amalia y Lázaro se cruzaron cuando él se iniciaba en las lides políticas. Hacía él campaña como candidato a gobernador de Michoacán, el Estado natal de ambos, cuando cruzó miradas con Amalia. Ella tenía 17 años, él 33. Hasta que concluyó su gestión como gobernador, con cuatro años transcurridos, contrajeron matrimonio. Dos años más tarde, en 1934, él asumía el cargo de Presidente de México.

No fue él un funcionario típico, acartonado, de formalismos. Tampoco fue ella la esposa del Presidente ocupada sólo de las recepciones y las inauguraciones. Ambos rehuían los reflectores. Preferían hacer. Así siguieron, después de la experiencia presidencial, por tres décadas juntos.

Es por eso que hoy a ella se le recuerda recibiendo a los niños de Morelia y convocando a la colecta para pagar la expropiación de las compañías petroleras, pero también presente en el esfuerzo por aliviar las carencias de la gente en nuestras zonas marginadas y solidaria, en diferentes momentos, con los diversos exilios que llegaron a México, como el de los perseguidos por el nazismo alemán y el fascismo italiano, o los de los expulsados de países latinoamericanos por los golpes militares y las dictaduras. Igualmente se le recuerda activa en las luchas por la democratización del país y como partícipe comprometida en el esfuerzo porque se lograran los acuerdos que condujeran a una paz definitiva en Chiapas, uno de los pendientes que nos deja.

La relación de Lázaro y Amalia con España comenzó con la República. Él, recién se iniciaba en la vida política con proyección nacional, cuando aquí, un 14 de abril, irrumpe la República. Sus primeros contactos políticos son en México con los enviados republicanos. Para ella, el encuentro, el encuentro emocional, profundo y definitivo se da con los niños de Morelia y con el conjunto del exilio republicano, de donde surgen amistades y vínculos sólidos, amplios, que se han prolongado y mantenido hasta este día trascendiendo generaciones.

La relación de Amalia con España fue siempre, de una manera o de otra, por la vía de la República. Su primera visita –tuve, al igual que otros amigos, el privilegio de acompañarla- tiene lugar en 1983, cuando invitada por don Enrique Tierno Galván, el ejemplar e impar Alcalde de Madrid, se devela el monumento a Lázaro Cárdenas en el Parque Norte, donado por los exiliados republicanos. Tiene la oportunidad de estar en varias ocasiones más en esta patria hermana y siempre, por una razón o por otra, tropieza con la República, como en la visita que con ella hicimos en 2002: se ofreció en esa ocasión, entre otros eventos, un recital poético-musical en el Círculo de Bellas Artes, se habló desde luego de Lázaro Cárdenas y de su relación con el exilio, pero algo que desde que llegamos nos saltó como fuera de lo común, fue que el acto estuviera presidido por las banderas de México y la tricolor de la República Española, y lo profundamente emotivo, lo que llevó a las lágrimas y al pecho apretado a prácticamente todos los presentes, fue que ahí, en público, el acto se despidiera con las notas vibrantes del Himno de Riego. La última visita de Amalia Solórzano a España tuvo lugar hace poco más de tres años, en octubre del 2005, cuando a lo largo de una semana se llevaron a cabo en Madrid eventos diversos en recuerdo de Lázaro Cárdenas en la Casa de América, en el Ayuntamiento, en este mismo Ateneo, en el monumento del Parque Norte, el final, para cerrar actividades, en Madrid Arena, un extraordinario concierto. Esto es, para Amalia, España resultó siempre e invariablemente inseparable de la República, del derecho y las obligaciones del asilo y de la generosa retribución del exilio republicano a México.

Qué grato que este acto de recordación se realice en el Ateneo de Madrid, donde hoy, no puedo dejar de señalarlo, una vez más, se entrelazan los nombres de Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano con el de Manuel Azaña. Él fue Secretario de esta institución, aquí dictó conferencias y en los salones de este edificio conspiró para hacer posible el advenimiento de la República.

Gracias, amigos del Ateneo de Madrid, por este recuerdo que hacen de ella.