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POR MÉXICO HOY: ideas en torno a una alternativa democrática. Discurso de Porfirio Muñoz Ledo PDF Imprimir Correo electrónico
Sábado 22 de Noviembre de 2014 20:38

Porfirio Muñoz Ledo

Compañeras y compañeros:

Hace casi tres decenios un grupo de mexicanos emprendimos la tarea de denunciar las graves desviaciones del gobierno en demanda de un cambio de rumbo y de otorgar plena libertad a los ciudadanos para elegir a sus gobernantes.

Tuvimos la virtud de desnudar la verdad y la fortuna de compartirla. La sociedad despertó del escepticismo, inundó calles y plazas, pero le arrebataron la victoria y cancelaron por un tiempo su porvenir.

El país vivía agobiado por las presiones externas y el enorme peso de sus deudas, injusticias y rezagos. Pese a todo, una ciudadanía ignorada enarbolaba su espíritu combativo y se rebelaba frente a un sistema sostenido en la manipulación y el entreguismo.

En vez de una econorpía orientada al aprovechamiento de nuestras capacidades y riquezas, se-había instaurado una política especulativa que ahondaba las desigualdades, desvalorizaba el trabajo, paralizaba la industria y cancelaba las expectativas de las nuevas generaciones. El país había iniciado una franca involución histórica, marcada por la concentración del ingreso y el abatimiento de la calidad de vida de los mexicanos. Los abismos entre clases sociales incidían ya en una recomposición étnica y cultural del país que lo aproximaba al modelo colonial de las castas y las segregaciones: un régimen de explotación bajo el disfraz de una economía exportadora.

Se había perdido la dimensión creadora del quehacer político e instalado en su lugar la arbitrariedad y el oportunismo. Un Estado cada vez más vacío de pueblo nos conducía a una nación sin Estado y finalmente a la pérdida de aquella. Esos eran los espacios desertados que estábamos obligados a poblar.

Era menester encontrar en la participación democrática la guía de una estabilidad verdadera en la que se asentara el desarrollo del país. Ese fue nuestro mensaje que hoy mantiene en plenitud su vigencia. A pesar de los inmensos fraudes cometidos, ensayamos nuevas formas de organización política y, la mayor parte, mantuvimos rectitud en la conducta y en la palabra. Otros reprodujeron mimèticamente los vicios del antiguo régimen.

Empeñamos incontables esfuerzos en una transición democrática a través de reformas legales, que por infortunio han naufragado en la complicidad y en la metástasis de la corrupción. Nos preceden años de confusión y extravío de las fuerzas políticas. El cambio que habíamos diseñado sucumbió a los golpes del hurto y de la ignorancia, hasta terminar por último abortándolo. De un sistema de partido hegemónico transitamos a un

régimen hegemónico de partidos incapaz de devolver al pueblo sus derechos soberanos. Caímos finalmente en las redes del neoliberalismo que habíamos bregado por extirpar.

Un ciclo histórico está por completarse. El país no resiste más la continuación de este régimen autoritario y de esta economía disolvente. Las vías convencionales para la acción política están agotadas, la soberanía nacional rematada y la miseria del pueblo sin horizontes.

Las principales decisiones han sido trasladadas al extranjero y determinan, como en el caso del remate de los hidrocarburos, la frontal violación de los principios fundamentales de la Constitución. La Suprema Corte cancela a los ciudadanos su facultad inalienable de revocar las disposiciones adoptadas por los Poderes de la Unión. Colocan al pueblo en estado de indefensión.

La cauda de agravios cometidos contra la nación es innumerable: la claudicación del Estado frente al abuso de capitales trasnacionales, el secuestro de las instituciones públicas por los poderes tácticos, el imperio de la narco-política, la pérdida de jurisdicción estatal sobre el territorio, la impunidad de los medios de comunicación, la entrega de los recursos naturales a las ambiciones privadas, el desmantelamiento del campo y el despojo de tierras a los campesinos, un estancamiento económico que durante 30 años ha degradado la calidad de vida de los mexicanos, el empobrecimiento masivo de amplios sectores de la población, el incumplimiento de los derechos a la alimentación, a la educación, a la tierra y al trabajo, el desplazamiento forzado de millones de connacionales, el deterioro progresivo e inconstitucional del salario, la criminalización de la protesta social, la desaparición de personas por la autoridad, el asesinato masivo de grupos de población y la brutal disparidad en la distribución del ingreso nacional que ha permitido el enriquecimiento obsceno del uno por ciento de la población y la pauperización ultrajante de 60 millones de compatriotas.

La práctica sistemática de la tortura, el lacerante feminicidio, el ecocidio indiscriminado, las ejecuciones extrajudiciales, la trata de personas, la violencia sexual, la criminalización de la pobreza, la aberrante condición carcelaria, la militarización del país, la insultante y excluyente partidocracia, además de las desviaciones del aparato de justicia.

Lo ocurrido con los jóvenes de Ayotzinapa es un acontecimiento emblemático de extrema gravedad. El estúpido agravio contra nuestros jóvenes ha encontrado un repudio unánime de la sociedad y calcinado lo más intimo de la conciencia mundial. No es tolerable tan afrentosa descomposición del Estado mexicano en los tres órdenes de gobierno, en los tres poderes y en los partidos políticos. Asistimos a la descomposición del cuerpo social, a la disolución de los referentes colectivos, a la impotencia de los ciudadanos y a la pérdida de la identidad nacional forjada durante siglos.

La instauración del cinismo conduce a un circuito perverso en que la comunidad se degrada en la sumisión y la nación deja de respirar por carencia de valores.

Amigas y amigos:

La cruel y omnipresente violencia es fruto de la podredumbre de las instituciones. Hay que reconstruirlas desde su raíz. No se trata sólo de un cambio de personas sino de un nuevo marco jurídico y una nueva moral pública.

La encrucijada es evidente: entre el endurecimiento del régimen y el ejercicio cabal de la soberanía popular. La primera declaración de derechos en la historia, reconoció la resistencia a la opresión que, en nuestra tradición constitucional, significa que la soberanía nacional reside esencial y originalmente en el pueblo y que éste tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno.

Es necesario un acto supremo de la conciencia nacional para reconstruir la vida pública del país y llevar a cabo un ajuste de cuentas con su pasado. Sin un esclarecimiento puntual y satisfactorio para las víctimas, no podremos alcanzar la paz.

La sociedad clama el destierro definitivo de la impunidad y la supremacía de la justicia sin cortapisas por hechos que han lastimado el corazón mismo de la nación. Hemos insistido en la oportunidad que ofrece el centenario de la Constitución de 1917 para lanzar la iniciativa de una nueva Constitución: coherente, patriótica y libertaria, a la altura de nuestro tiempo.

El renacimiento de la nación demanda un nuevo pacto social entre los mexicanos, lo que implicaría la depuración en profundidad de las prácticas y cuerpos políticos del país. Significaría también la emergencia de una nueva generación en la conducción de los asuntos públicos. Comenzar a tejer una historia distinta para construir una patria nueva.

Porfirio Muñoz Ledo, a 22 de noviembre de 2014.