DS Busuit - Premium Business Template for Joomla!

La integración de América Latina de cara a los desafíos del siglos XXI PDF Imprimir Correo electrónico
Domingo 23 de Octubre de 2011 18:00

Cuauhtémoc Cárdenas

Doy a todos la bienvenida más cordial a esta casa y a éste, el primer evento de corte académico que realiza el Centro Lázaro Cárdenas y Amalia Solórzano, que confiamos será uno de muchos más para cumplir con nuestros objetivos de impulsar las causas de la soberanía de los pueblos, la independencia nacional, la paz, la democracia y los derechos de la gente, la integración latinoamericana, la cultura y la ciencia.

Este encuentro, como saben, está convocado para tratar sobre La integración de América Latina de cara a los desafíos del siglo XXI, que son, en lo general, cómo impulsar un desarrollo sostenido y sustentable política, social y ambientalmente en el largo plazo, cómo garantizar igualdad a los países latinoamericanos y del Caribe en sus relaciones internacionales y cómo garantizar igualdad en el progreso a todos los habitantes de nuestros países dentro de los mismos. Y el reto mayor, es que todo esto lo lleven a cabo nuestros países en un esfuerzo conjunto.

Cuando discutíamos sobre la realización de este encuentro con Carlos Heredia y Carlos Lavore, que serán nuestros moderadores en esta reunión, coincidimos en que sería del mayor interés, en la circunstancia que viven los países de nuestra región, discutir sobre su integración, tomando en cuenta que en las últimas décadas se han puesto en marcha distintos proyectos con ese objetivo, con diferentes alcances territoriales y temáticos, que bien sabemos han corrido y corren con distintos ritmos y con distintas suertes, pero que en conjunto dejan ver la importancia de unir esfuerzos en la búsqueda de propósitos comunes.

 

En relación a estos proyectos –SELA, ALADI, MERCOSUR, etc.- destacaría, primero, que han arrancado, en general, con gran vigor y todos o casi todos, al poco tiempo, aun cuando se mantienen activos, han chocado con intereses que obstaculizan su prosecución, intereses relacionados principalmente con los lazos de dependencia desarrollados, algunos, casi desde que los países de la región accedieron a la independencia, y que no se han podido romper totalmente; y segundo, las ventajas que se observan para los grandes bloques demográfico-económico-territoriales en su inserción y participación en los procesos de globalización, como sucede con los Estados Unidos, la Unión Europea o China, o, a partir de los años recientes, Brasil, lo que alienta, en nuestro caso, a seguir impulsando las iniciativas de integración.

 

Nos interesó particularmente este tema, porque los tres valoramos y creemos en las ventajas de la integración, de cómo compartiendo el esfuerzo se avanza mejor, y porque vemos –y nos preocupa- que México, nuestro país, se mantenga distante y casi totalmente ajeno a los procesos integradores que están teniendo lugar en la región, especialmente en el sur.

Nos preocupa este hecho, además, porque desde el sur del continente nos ven cada vez más apartados, más lejanos, y nos ven como parte del norte, como una porción del bloque norteamericano, condición que consideran compartimos con la América Central, y nos consideran sin interés o algunos, lo que es peor, sin posibilidad para acercarnos al sur y compartir suerte y esfuerzos.

Desde mi particular punto de vista, se trata de una visión equivocada. Ciertamente en los últimos decenios, sobre todo a partir de la instauración del neoliberalismo allá por el inicio de los años ochenta, la relación con el norte, que siempre ha sido importante para México, dado, entre otras cuestiones, que la geografía nos hace compartir una frontera de 3000 kilómetros, se intensificó y se volvió casi única. Pero esta relación no se tornó en un proceso de integración, al menos no como queremos que se den los procesos de integración entre nuestras naciones.

Desde 1990-91 se empezó a negociar el Acuerdo de libre comercio entre México y Estados Unidos, al poco tiempo se agregó Canadá y el 1° de enero de 1994 entró en vigor el Acuerdo de libre comercio de América del Norte. Muchos pensamos que fue un acuerdo mal negociado por parte de México. Pensábamos también, en los años de la negociación, y así lo planteamos, que en lugar de una acuerdo tripartita de libre comercio, hubiera sido más conveniente plantear un acuerdo continental de comercio y desarrollo, que incluyera a todos los países del continente, que no se limitara a los intercambios comerciales y considerara la creación de los mecanismos necesarios para eliminar asimetrías económicas y diferencias sociales.

La participación de México en el ALCAN puede verse –y me parece que así se ve por algunos desde el sur- como la integración económica de México a los Estados Unidos o a la parte norte de América, pero más allá de los efectos positivos que puedan haberse dado en la economía de México a partir de la vigencia del acuerdo –elevación muy importante de sus exportaciones, creación de un gran número de empresas maquiladoras, principalmente en las zonas fronterizas-, y los hechos negativos, debidos, desde mi punto de vista, más que al acuerdo, a la política económica interna instrumentada desde entonces –dejar pasar el periodo de negociación sin dar pasos para modernizar las estructuras productivas, competencia de los productores mexicanos en desventaja en los mercados internos frente a productores extranjeros, destrucción de tejidos industriales, pérdida de capacidad productiva del campo, creación insuficiente y pérdida de puestos de trabajo, desaparición o debilitamiento de la banca de fomento, extranjerización de la banca comercial y reducción a cantidades mínimas del crédito a actividades productivas, etc.-, independientemente entonces de ventajas y desventajas obtenidas con la vigencia del ALCAN, México no ha estado en este caso participando en un proceso de integración, sino en un proceso de subordinación creciente, al dejar libres sus mercados para ser abastecidos por productos del exterior y al reforzar su papel de suministrador principal de mano de obra barata y desprotegida laboral y políticamente para la economía de los Estados Unidos.

Un elemento que acentúa la subordinación y juega en contra de la integración de México hacia el sur, es la participación en el proyecto de la Asociación para la Prosperidad y la Seguridad de América del Norte, en el que participa con Estados Unidos y Canadá, y el que en la política de defensa –o de ejercicio de la hegemonía, podríamos decir mejor- de los Estados Unidos, se incluye a México en las responsabilidades de su Comando Norte, quedando así esta área dentro del primer perímetro de defensa norteamericano. A este respecto Luis Maira nos dice que en la consideración geopolítica norteamericanaAmérica Latina pasó a ser separada en dos segmentos: una América Latina del Norte y una América Latina del Sur, que se escinden a la altura del Canal de Panamá. El primer espacio está constituido por México, los países centroamericanos y del Caribe y fue considerado como un vital perímetro geopolítico y de seguridad por parte del gobierno de Estados Unidos”.

Por otra parte, México participa desde 1991 también en el Mecanismo de Diálogo y Concertación de Tuxtla y en el proyecto Mesoamericano, junto con Belice, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Panamá y República Dominicana, que no es un mecanismo integrador, aunque coadyuva en ese sentido, que tiene como objetivo central el combate al narcotráfico y al crimen organizado.

Pero aun en estas condiciones, hay quienes nos resistimos a considerar que el destino inexorable de México es el de la integración subordinada a los Estados Unidos. Y no por consideraciones ideológicas, que también la hay y cuentan, sino porque consideramos que el mundo y la historia se mueven y tienen que moverse hacia condiciones de equidad efectiva en todos los órdenes, y porque vemos condiciones objetivas para que México forme parte de un bloque integrado por naciones y pueblos que compartan los beneficios del progreso de todos con equidad, sin hegemonías ni subordinaciones.

México, por su situación geográfica, constituye puente natural entre el norte y el sur y entre el Pacífico y el Atlántico –condición esta última que comparte con el Istmo centroamericano-, situación que no ha sido aprovechada ni comercial o económicamente en un sentido más amplio, ni políticamente por el país, y que bien puede aprovecharse tanto para facilitar la participación de México en los proyectos de integración que se compartan con el sur, como en la relación del bloque de países latinoamericanos y del Caribe con Estados Unidos y Canadá.

México, pensando con realismo, a pesar de que en los Estados Unidos hay 28 o 30 millones de mexicanos o de habitantes de origen mexicano, que más de las tres cuartas partes de nuestros intercambios comerciales tienen lugar con los vecinos del norte, de compartir desde el narcotráfico, el tráfico de armas y la migración irregular hasta la ventaja de la cercanía, de que se está dando un proceso real de integración de las economías –la mexicana sin perder su carácter de subordinada-, las asimetrías económicas no se disminuyen y menos aún la desigualdad social, la equiparación de oportunidades o las condiciones laborales, por lo que no veo la posibilidad real de que se diera una integración política y económica con los países y sociedades del norte del continente, en condiciones de equidad. De subordinación sí, pero no de equidad.

Entonces, nuestras opciones son navegar solos, en condiciones cada vez de mayor dificultad, o nos acercamos y buscamos que con la participación mexicana se fortalezcan y aceleren los procesos de integración y de formación de un gran bloque que hoy se dan sólo en el sur.

Primero, desde luego, tendremos que ganar la batalla al interior del país. No es una cuestión sencilla. Es preciso, primero, hacer del tema del desarrollo independiente una prioridad política, lo que nos lleva a luchar por un cambio profundo y radical en nuestras políticas económicas y de rescate de la soberanía. Y hacer del tema de la integración política y económica con Latinoamérica igualmente una prioridad, que así se aprecie en la mente colectiva de la nación y así se asuma por los actores políticos principales. Esta es la tarea que hoy tenemos los mexicanos en relación a la integración.

Ahora bien ¿qué quisiéramos obtener de este encuentro? Primero, reforzar nuestro convencimiento que la integración política y económica de América Latina y el Caribe es una meta alcanzable y una condición de beneficio para los pueblos y naciones de la región. Segundo, que pudiéramos establecer los caminos de México hacia su participación en los proyectos de integración que están dándose en el sur. Tercero, que empezáramos a delinear las rutas, los pasos a seguir, para avanzar en la integración de los países de la región, en lo político, económico y social, a partir de lo que ya se tiene avanzado: SELA, ALADI, MERCOSUR, Comunidad Andina de Naciones, SICA, PARLATINO, Parlamento Centroamericano, ALBA, UNASUR, Comunidad de Estados de Latinoamérica y el Caribe (CELAC) y lo que venga. Y cuarto, si estamos convencidos de las bondades de la integración, empujemos por ella con todas nuestras fuerzas.