Conferencias

Foro: La evolución de la izquierda en América Latina.


03 de Abril de 2007

Cuauhtémoc Cárdenas


Foro: La evolución de la izquierda en América Latina.
Latin America(n) Matters.
Harris Graduate School of Public Policy Studies.
Universidad de Chicago.
Chicago, IL., 4 de abril del 2007.


Agradezco a los estudiantes de políticas públicas agrupados en Latin America(n) Matters de la Harris Graduate School of Public Policy Studies de la Universidad de Chicago, su invitación para participar en el ciclo de pláticas sobre La evolución de la izquierda en Latinoamérica, que mucho me honra y me da la oportunidad, una vez más, de encontrarme con las inquietudes y cuestionamientos de los estudiantes de esta prestigiada institución.

Hablaré de México, lo haré desde la izquierda, aunque debe decirse que, objetivamente, existen numerosas izquierdas, tantas casi como agrupaciones o individuos hay que se definen o políticamente se ubican a si mismos en la izquierda, pues no hay nadie que pueda determinar o a quien, desde las distintas posiciones de las izquierdas, se reconozca autoridad para establecer quien está y quien no está en la izquierda, a quien se acepta o no dentro de ese espectro de fuerzas políticas, ni cabría, por las mismas razones, discutir sobre la validez o vigencia de las distintas corrientes de pensamiento que la opinión pública, considerada también en un sentido muy amplio y general, coloca en la izquierda política.

Lo que realmente y mejor aclara ese debate es el contenido, la esencia de las posiciones que se adoptan, ya sea en la discusión ideológica, en los objetivos y métodos de la acción política o frente a la coyuntura del momento. En este sentido, para ilustrar el caso, se encuentran agrupaciones y personas, por ejemplo, que rechazan la participación electoral y el formar parte de los gobiernos, otras que descartan recurrir a las vías armadas, otras que se identifican con determinadas corrientes internacionales, pero me parece que lo que principalmente distingue hoy a las izquierdas mexicanas es que unas tienen propuesta y otras no, que unas tienen propuesta con visión integradora y de largo plazo y hacen de ésta el eje de su actividad pública, y otras sólo se pronuncian en función de personalismos y en el mejor de los casos, sobre la coyuntura política del momento.

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El año pasado México vivió un proceso electoral fuertemente competitivo, marcado por las visiones confrontadas producto, por un lado, de las propuestas de campaña, y por el otro, de sus apretados resultados. Esta confrontación subsiste y se ha profundizado en organizaciones e individuos pertenecientes a lo que de manera amplia puede denominarse la izquierda. Es difícil predecir qué sucederá, pero encuentro la opinión de José Saramago, el Premio Nobel, expresada en una entrevista en Guadalajara el pasado noviembre, como la más juiciosa e inteligente respecto a lo que los grupos democráticos y progresistas tendrían que hacer hacia adelante. Dijo Saramago:

“Se dice que si, que López Obrador había ganado; se dice que no, que no había ganado. La protesta que siguió a todo eso es legítima, natural, pero también digo que me parece que el tiempo de la protesta terminó, ahora es el turno de la política. En el Congreso hay suficientes diputados, más que suficientes, para una oposición fuerte. No es que no haya una izquierda en México, pero hay una izquierda dividida, polarizada, en algunos casos enfrentada y por ese camino no se llega a ninguna parte.
“No voy a decir lo que tiene que hacer, pero si yo estuviera en el lugar de López Obrador intentaría, por lo menos, organizar la izquierda en México, aglutinarla, buscar un consenso de izquierda y para eso tiene seis años, nada más, nada menos, y preparar la victoria para el 2012…
“Ahora es el turno de la política, pero de una política muy consciente, muy seria, que pase por encima de intereses personales, o de orgullos heridos. Ahora lo que interesa es el pueblo mexicano” (1)

Comparto los puntos de vista de Saramago. La tarea principal de las fuerzas progresistas, las usualmente llamadas de izquierda, pasando en caso necesario por encima de los intereses individuales o de grupo de los actuales actores políticos, es dejar atrás diferencias y confrontaciones del pasado reciente y hacer un esfuerzo para poner en práctica una política de unidad.

La unidad empieza por poner la vista hacia delante, por salir del estancamiento que representa la interminable discusión sobre la calificación de la pasada elección presidencial y en función de ello las descalificaciones a quienes tienen una visión distinta de la propia, y abrirse en consecuencia para discutir, elaborar y presentar una propuesta común en relación a los temas importantes para el país, de hecho, para hacer una gran discusión sobre el proyecto de nación a construir en el futuro inmediato y mediato.

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Los años del neoliberalismo entreguista, ya un cuarto de siglo, constituyen un largo período de estancamiento o de escaso crecimiento económico, de deterioro constante de los niveles de vida de la población, de pérdida de puestos de trabajo, de caída de los salarios y del ingreso en términos reales, de migración creciente hacia los Estados Unidos, de desmantelamiento industrial, de desastre para la agricultura –particularmente en lo que hace a la producción y para los productores de granos-, de crecimiento desmedido de la brecha entre los que más tienen y los que menos tienen, por más que, volteando hacia el otro lado, hayan crecido la maquila y sus exportaciones, que la crisis del 94-95 haya provocado una apertura política que condujo a la autonomía de la autoridad electoral y a la elección del Jefe de Gobierno del Distrito Federal -por primera vez en la historia del país se eligió en 1997 a un funcionario para ejercer jurisdicción de gobierno en todo el Distrito Federal-, que se hayan abierto nuevos mercados para ciertos productos industriales y agrícolas.

En México, como se sabe, hace unos meses inició un nuevo régimen, surgido de la continuidad neoliberal e identificado como una fuerza conservadora. En lo que hace a sus políticas más visibles, se ha dado particular importancia a las Fuerzas Armadas en varios eventos públicos y se les ha encargado conducir el combate contra el narcotráfico, ha logrado que se apruebe la una reforma sobre el sistema de pensiones de los trabajadores del Estado, en el sentido en el que más insisten los clásicos del neoliberalismo, ha tomado posición pública en contra de la iniciativa para despenalizar el aborto en el Distrito Federal, pero aun no se perciben cambios o logros en aspectos como la generación de empleos –que constituyó la principal oferta de campaña-, la política exterior, la revitalización del campo o cuestiones sociales, y me parece que es aun temprano para hacer juicios definitivos sobre su gestión.

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El modelo de sociedad a desarrollar, aceptado por amplios sectores de la izquierda, está básicamente delineado en el texto del artículo 3° de la Constitución, en el que también se establecen los principios y objetivos para la formación de los ciudadanos. En consecuencia, de acuerdo a la Constitución, la educación pública debe:

 

  • fomentar el amor a la patria y la conciencia de la solidaridad internacional, en la independencia y la justicia;

  • garantizar la libertad de creencias y orientarse en los resultados del progreso científico, la lucha contra la ignorancia y sus efectos, las servidumbres, los fanatismos y los prejuicios;

  • ser democrática, considerando a la democracia no solamente como una estructura jurídica y un régimen político, sino como un sistema de vida fundado en el constante mejoramiento económico, social y cultural;

  • ser igualmente nacional, en cuanto a que sin hostilidades ni exclusivismos, debe atender a la comprensión de los problemas del país, al aprovechamiento de sus recursos, a la defensa de la independencia política, al aseguramiento de la independencia económica y a la continuidad y acrecentamiento de la cultura nacional; y

  • contribuir a la mejor convivencia humana, tanto por los elementos que aporte a fin de robustecer en el educando, junto con el aprecio por la dignidad de la persona y la integridad de la familia, la convicción del interés general de la sociedad, cuanto por el cuidado que ponga en sustentar los ideales de fraternidad e igualdad de derechos de todos los hombres, evitando los privilegios de razas, de religión, de grupos, de sexos o de individuos.

 

Por otro lado, en estos últimos años, importantes sectores democráticos y progresistas, al actualizar los objetivos históricos de las grandes reivindicaciones nacionales y populares, han venido luchando por un proyecto de nación con los siguientes objetivos:

  • por un país soberano, que participe en igualdad de condiciones y con oportunidades equivalentes en una globalización equitativa e incluyente, en un orden mundial dotado de instituciones democráticas e igualitarias, donde impere la resolución pacífica de los conflictos y se erradiquen la guerra y el terrorismo;

  • por los derechos a la libre determinación y la autonomía de los pueblos indígenas, mediante su reconocimiento constitucional en los términos asentados en los Acuerdos de San Andrés;

  • una sociedad igualitaria, incluyente y sin pobreza;

  • un patrón de desarrollo que garantice el crecimiento sostenido y sustentable de la economía;

  • una sociedad en la que impere la igualdad de género y efectivamente incluya a los adolescentes y a los jóvenes;

  • una educación, una atención a la salud y un sistema de seguridad social de calidad;

  • una democracia participativa;

  • un federalismo equitativo;

  • un territorio integrado en su diversidad, ordenado y ambientalmente sustentable;

  • una comunicación democrática;

  • un Estado que garantice la vida, la alimentación, el trabajo, la seguridad.


(2)



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Quiero referirme también a cómo abordar algunas cuestiones puntuales que tienen que ver con las relaciones entre México y los Estados Unidos y que forman parte importante de una propuesta progresista:

El Acuerdo de libre comercio de América del Norte (alcan) entró en vigor hace trece años.

Las cifras frías harían pensar que todas las partes se han beneficiado con él y que las tres están ampliamente satisfechas. La realidad es muy diferente.

Trece años después de que el alcan entró en vigor, los resultados para México han sido buenos en ciertas áreas, malos o muy malos en otras. El comercio trilateral, por ejemplo, se ha más que duplicado y las exportaciones mexicanas más que triplicaron, pasando de 51 800 millones de dólares en 1993 a 165 400 en 2003, lo que puede verse como un impacto positivo del alcan en la economía mexicana, aunque debe decirse que la mayor parte de esas exportaciones corresponden a transacciones internas de corporaciones transnacionales, dueñas de las maquiladoras, y no propiamente a lo que pudieran llamarse exportaciones generadas por la economía mexicana.

En el 2000 las exportaciones mexicanas alcanzaron su máximo histórico: 166 500 millones de dólares. En 2003 mostraron una pequeña disminución de 0.7%; si se excluye al petróleo, esa cifra se eleva a 2.2%, y si no se consideran las exportaciones de las maquiladoras, porque como ya se dijo, se trata principalmente de transacciones internas de las correspondientes corporaciones, nos encontramos que las exportaciones mexicanas cayeron 17% entre 2000 y 2003.

La situación se aprecia mejor si se considera que en 1983, de cada dólar exportado, 88 centavos correspondían a insumos nacionales –trabajo, servicios, materias primas, partes, componentes-, en 1994 esa cifra cayó a 42 centavos y hoy quizá no llegue a 25.

Las maquiladoras, que han sido el eje del modelo de industrialización impuesto por las administraciones neoliberales, han representado ciertamente un alivio temporal a las presiones sobre el empleo, pero, por el otro lado, mantienen los salarios de sus trabajadores muy por debajo –representan alrededor de la décima parte- de los que reciben los trabajadores americanos por una actividad equivalente, y esas industrias no se han integrado a la economía mexicana, por lo que puede decirse, en general, que no han sido factor para crear empleos estables y equitativamente pagados, ni para mejorar los niveles de vida o integrar racionalmente las cadenas productivas de la economía mexicana.

En la agricultura, la apertura comercial afectó gravemente a los productores de cereales, frijol, aceites vegetales, azúcar, lácteos y ganado, aunque debe reconocerse que ganaron nuevos mercados las legumbres, el cemento, tequila y frutas como el mango, aguacate, guayaba, limón y la zarzamora, entre otros productos, pero se enfrenta un nuevo problema en el sector: en 2008, según el alcan, la frontera se abrirá totalmente a las importaciones de granos –maíz, frijol, trigo-, con un grave impacto negativo sobre los productores mexicanos, ya que ha faltado en México –y ha sido responsabilidad del gobierno mexicano-, desde que el acuerdo se negociaba, una política específicamente orientada a modernizar el sector agrícola, y particularmente a dar atención a diversificar y aumentar producciones y productividades en las regiones en las que tradicionalmente se producen granos.

Con la experiencia de trece años de vigencia del alcan, bien puede afirmarse que su esquema está agotado y que dio todo lo que podía dar, de modo que el gobierno mexicano debiera plantear a sus dos socios en el acuerdo la firma de un addendum, que comprometiera a las tres partes en un esfuerzo de cooperación no sólo en materia de comercio, sino también en cuestiones sociales, de producción e infraestructura, con el objetivo principal de eliminar las diferencias sociales y las asimetrías económicas, mediante la creación, entre otros, de mecanismos como los fondos especiales de inversión para el desarrollo –siguiendo el ejemplo europeo- para hacer realidad esas nuevas políticas.

Pero tratando de encontrar una solución definitiva y duradera, recordaría la propuesta que hice cuando se estaban celebrando las negociaciones del alcan en 1990-1991, de un acuerdo no sólo de libre comercio y entre las tres naciones de América del Norte, sino un acuerdo continental de desarrollo y comercio, que considere entre sus objetivos prioritarios reducir hasta borrar las asimetrías económicas y sociales existentes mediante, principalmente, la generación de empleos, el acceso y la disposición para compartir los conocimientos de punta, una educación de calidad, y que siente efectivamente las bases de un crecimiento económico sostenido en el largo plazo, que considere, además, la creación y utilización de mecanismos como los fondos de apoyo y compensación que fluyan de los países de mayor desarrollo relativo hacia los menos desarrollados, para modernizar y hacer eficientes los procesos productivos y la infraestructura de servicios, acuerdos para el mejoramiento del medio ambiente, para tener condiciones dignas de trabajo, equivalentes a las de los países más desarrollados del área, y el libre tránsito de personas en el continente. Creo todavía que ese sería el mejor camino para construir una relación realmente equitativa entre las naciones de nuestro continente y una vía para reducir hasta eliminar la migración irregular y para abrir y ofrecer oportunidades en cada país, a todos sus habitantes.

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Las políticas energéticas constituyen otro asunto clave de las relaciones entre nuestros dos países.

Conforme transcurre el tiempo, el petróleo se vuelve más escaso y más cara su extracción en el mundo, y muy poco se está haciendo, aun en los países más desarrollados, para substituir la base energética de la economía y de la vida social, de manera que los combustibles de consumo masivo derivaran de fuentes distintas a los hidrocarburos. Muy recientemente, el gobierno norteamericano ha anunciado el uso obligatorio de combustibles no fósiles, pero expandir su utilización requerirá de un largo período de tiempo.

En cualquier caso, Estados Unidos es el principal consumidor de petróleo en el mundo y querría, como cualquier otro país, asegurar su suministro en el largo plazo. Las políticas comerciales y tecnológicas con esa finalidad han sido altamente agresivas, apoyadas por fuertes presiones políticas, y con indeseable frecuencia impuestas por la fuerza y la acción militar, como se vio en la Guerra del Golfo en 1991, no hace mucho en Afganistán y en el presente en Irak.

La producción petrolera de México ha entrado en una fase de declinación. La producción de Cantarell, el yacimiento en explotación más importante, cayó ya en 400 000 barriles diarios y continuará cayendo en los años próximos –de poco más de 2 millones de barriles por día en diciembre de 2005, los especialistas estiman que reducirá su producción a unos 800 000 barriles hacia 2012-. Las reservas probadas de petróleo del país, explotadas como lo están siendo ahora, durarán para escasos 9 años, un tiempo terriblemente corto. Además de incrementar la exploración para encontrar y aprovechar nuevos depósitos, México debiera instrumentar una política petrolera con la prioridad de reducir a cero, en el menor tiempo posible, la exportación de petróleo crudo, y substituir el ingreso que genera con la exportación, principalmente, de petroquímicos producidos en México.

México está produciendo 3.28 millones de barriles diarios y exportando a Estados Unidos 1.6, que representan el 14% de las importaciones totales de crudo norteamericanas, que no es una cantidad despreciable, que en el futuro cercano deberá substituirse de otras fuentes, porque, como se dijo antes, la producción petrolera de México ya está en fase de declinación y el país tendrá que satisfacer prioritariamente su demanda interna, que ha estado aumentando sostenidamente.

Estas posiciones y necesidades contradictorias de nuestros países deben conciliarse, a manera de encontrar una solución equitativa y benéfica para ambas partes. Este es, hoy día, uno de los retos más importantes en nuestras relaciones bilaterales.

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México y Estados Unidos comparten una frontera de 2000 millas de largo y relaciones de una gran diversidad. La relación más valiosa y podemos agregar, el intercambio más importante entre nuestros países, es la relación humana directa, destacándose en ella la relación laboral, que provoca el flujo migratorio más intenso hacia este país, y constituye uno de los flujos migratorios más importantes en el mundo.

Al menos tres millones de mexicanos han cruzado la frontera en la última década para trabajar, y la mayor parte de ellos, además, para establecerse permanentemente en los Estados Unidos. La población de origen mexicano en este país alcanza los 25 o 27 millones, que envían más de 20 000 millones de dólares como remesas a México, uno de los hechos más indicativos, vergonzosos y preocupantes de la situación social, política y económica de México, pues muestra la incapacidad y la falta de voluntad de los últimos gobiernos para resolver en México, los problemas de vida de millones de mexicanos.

La migración laboral es, sin duda, el problema humano más serio y complejo que compartimos, que hoy puede verse claramente, por una parte, en las muy importantes iniciativas legislativas y discusiones públicas que están teniendo lugar, y por la otra, en la intensa movilización popular que ha provocado por todo el país en favor de los derechos de los inmigrantes.

México ha sido muy sensible a las arbitrariedades de empleadores y autoridades que nulifican los derechos laborales y humanos de mexicanos como residentes y trabajadores en este país. Con ese sentido y para borrar los aspectos conflictivos de la migración irregular, el gobierno mexicano debe exigir con energía a las autoridades norteamericanas el respeto absoluto y la protección eficaz a los derechos de los trabajadores mexicanos, independientemente de su condición migratoria, y desarrollar, en estrecha colaboración con la sociedad mexicana, acciones vigorosas y amplias, de manera que el gobierno americano y especialmente la sociedad americana reconozcan la valiosa e indispensable contribución que los inmigrantes -y en alta proporción los inmigrantes irregulares- dan al progreso de esta nación al través de su trabajo, sus impuestos, su cultura, hoy evidente por toda la nación.

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Si somos objetivos y racionales, si de verdad queremos encontrar soluciones efectivas a los problemas que plantea la migración en ambos lados de la frontera, debemos entender y aceptar, en contra de intereses creados de grupos anti-inmigrantes y belicistas de este país, en primer lugar, que la inmigración irregular, la seguridad fronteriza y la lucha contra el terrorismo no son el mismo problema, sino que constituyen problemas totalmente distintos, desvinculados entre si, que deben enfrentarse de maneras diferentes, con medios diferentes y en diferentes ámbitos.

Los problemas de terrorismo en Estados Unidos nada tienen que ver con la diversificada e intensa relación que este país tiene con México o con problemas específicos de nuestra vecindad. El terrorismo surge de la inequidad en las relaciones mundiales, de las asimetrías en el desarrollo, de la injusticia social y de una educación deficiente, de la opresión y la falta de democracia. Las amenazas del terrorismo no desaparecerán por restringir o hacer más difícil la rica y variada relación existente entre México y Estados Unidos, sino cuando exista un orden mundial equitativo y sistemas nacionales igualitarios y democráticos sean los que prevalezcan en todas las naciones.

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Los Estados Unidos necesitan a los trabajadores migrantes que llegan de todo el mundo, y como todos lo saben, alrededor de medio millón cada año, de México. La vida social y económica norteamericana se paralizaría con su ausencia.

La migración irregular de mexicanos a los Estados Unidos es consecuencia de una economía estancada, de una creciente polarización social, de la pérdida de empleos y el crecimiento exponencial de la desocupación, del abandono por parte del Estado mexicano de sus responsabilidades sociales, y sólo tendrá soluciones definitivas al través de medidas específicas –muy distintas a las consideradas para el combate contra el terrorismo-, algunas a aplicarse en este país, por las autoridades americanas y la sociedad americana, otras en México, por los mexicanos, otras más compartiendo responsabilidades en la toma de las decisiones y en su instrumentación en uno o el otro lado de la frontera. Y debe tenerse muy claro que compartir responsabilidad y colaboración de ambos lados es indispensable para dar solución equitativa y definitiva a esos problemas.

Hace unos cuantos días, en su visita a Mérida, en Yucatán, el Presidente Bush expresó que deberá darse un manejo objetivo a los problemas que plantea la migración irregular en los Estados Unidos, que no sería realista cualquier medida que pretendiera la expulsión del país de los inmigrantes irregulares -10 o 12 millones de personas por lo menos-, que tampoco debiera pensarse en regularizar mediante una amnistía o medida semejante la situación migratoria de todos los irregulares, pero que hacerlo parcialmente va en el sentido de la solución de los problemas. No está planteada, como puede verse, una solución integral y definitiva, pero esas declaraciones representan, sin duda, un avance respecto a cualquier situación anterior y una contrapropuesta a iniciativas discriminatorias, fascistas y agresivas como la Sensenbrenner que, por otro lado, no puede desconocerse, que dispararon acciones muy importantes y positivas en este país, al hacer que millones hayan tomado conciencia y se hayan movilizado por toda la nación contra esas injustas e inhumanas propuestas, demandando reconocimiento y solidaridad hacia aquellos inmigrantes que trabajan para el progreso y beneficio de este país.

Esperemos que el Congreso americano, las autoridades y la sociedad enfrenten y manejen los asuntos migratorios con equidad, sensibilidad social y realismo, y así se alcancen soluciones definitivas. El problema no se va a resolver extendiendo y haciendo más altas las bardas de acero, por endurecer la frontera, aumentar el número de agentes de la Patrulla Fronteriza o dejando sueltos y protegidos por la impunidad a los minutemen.

Los americanos y los mexicanos –autoridades, legisladores, académicos, organizaciones civiles, partidos políticos- deben sentarse juntos, discutir, reunir información, escuchar de todos lados y todo tipo de opiniones, analizar y pensar , con la firme decisión de encontrar soluciones realistas, integrales y equitativas a los problemas de la inmigración irregular.

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Existen otros temas de importancia en la agenda bilateral México-Estados Unidos que no he tocado ahora: el narcotráfico, la revisión del Tratado de límites y aguas entre México y Estados Unidos, el proyecto del Área de libre comercio de las Américas, entre otros.

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He tratado de dar un panorama sobre las posiciones de un sector de la izquierda mexicana que quiere caracterizarse por tener propuesta. Sobre ésta, el debate está abierto. He hecho referencia a temas que considero importantes. Faltarían otros, como la reforma electoral, la integración latinoamericana, el replanteamiento del pacto federal y una nueva Constitución, el papel y la reglamentación de los medios de comunicación, la biodiversidad y la propiedad intelectual, para sólo citar algunos, pero la tarea más importante, en la que está el reto mayor y la gran responsabilidad hacia el futuro para las izquierdas mexicanas de hoy, es dejar atrás las confrontaciones estériles, no pretender hoy resolver las diferencias, encontrar sus coincidencias y con unidad ponerse a trabajar sobre ellas.

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(1)“La Jornada”. México, D. F., 27 de noviembre del 2006.

(2)Fundación para la democracia y Fundación Arturo Resenblueth: “Un México para todos”. Planeta. México. 2005.



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