Conferencias

Congreso “Ciencia, Arte y Pensamiento en el exilio. Españoles en México 1936-1977”


14 de Febrero de 2005

Cuauhtémoc Cárdenas


Agradezco a la Fundación Averroes la invitación para participar en este Congreso “Ciencia, arte y pensamiento en el exilio. Españoles en México 1936-1977”. Mucho me distingue la oportunidad que me brindan para referirme a un grupo de españoles cuya labor derivó en grandes beneficios para mi país, además, muy cercano a los afectos familiares: el exilio republicano que desde estas tierras llegó a México.

Traigo a ustedes un saludo fraternal y afectuoso de mi madre, Amalia Solórzano de Cárdenas, quien en esta ocasión no pudo viajar para acompañarnos aquí y agradecer personalmente el honor del que se le hace objeto, al haberla designado Presidenta Honorífica de este Congreso, que destacará las muy importantes y valiosas contribuciones que el exilio republicano español ha dado a México.

Entre el exilio y México hay gratitudes mutuas. Recibieron y dieron los exiliados; recibió y dio México. En ambos casos y en los dos sentidos, se dieron y recibieron generosidad, amistad y solidaridad, y se encontró una clara y fraterna identidad.

El caso del exilio republicano español que llegó a México, resulta de excepción en la historia de estos tiempos y en la historia que comparten nuestros pueblos. Otras migraciones han llegado a España y a México en distintas épocas, más remotas o más recientes, por causas políticas o económicas. Ninguna tan numerosa, en tan corto tiempo, de un continente a otro, ninguna tan distante entre el lugar de procedencia y el de destino, ninguna tan cercana en sentimientos e identidades, tan cercana en sus luchas emancipadoras y en sus esfuerzos de progreso, caracterizados, en ambos lados del océano, por su ideal humanista y sus compromisos libertarios. Eran luchas con ideales comunes las que libraban entonces los pueblos de España y de México. Por eso su fácil entendimiento. Por eso la fusión del exilio con México y lo mexicano.

“¿El motivo por el que ayuda México a España?” se preguntó Lázaro Cárdenas en sus apuntes personales, y se respondió: “Solidaridad a su ideología” .

Quizá por esa condición especial del exilio republicano y el recibimiento cordial que encontró por parte del pueblo de México y de otros pueblos latinoamericanos, es que al volver a España María Zambrano escribiera: “Yo no concibo mi vida sin el exilio que he vivido. El exilio ha sido como mi patria, o como una dimensión de una patria desconocida, pero que una vez se conoce, es irrenunciable… confieso que me ha costado mucho trabajo renunciar a mis cuarenta años de exilio, mucho trabajo, tanto que sin ofender, al contrario, reconociendo la generosidad con que Madrid y toda España me han arropado, con el cariño que he encontrado en tanta gente de vez en cuando me duele, no, no es que me duela, es una sensación como de quien ha sido despellejado, como San Bartolomé, una sensación ininteligible, pero que es.
“Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos, que no se conociera el exilio.
“Es una contradicción, que le voy a hacer, amo mi exilio, será porque no lo busqué, porque no fui persiguiéndolo. No, lo acepté; y cuando se acepta algo de corazón, porque si, cuesta mucho trabajo renunciar a ello” .

El exilio fue producto de una derrota militar, de una guerra desatada por el fascismo internacional que lanzó su poderío en apoyo de la reacción interna, que no toleraba que España saliera de la Edad Media para florecer en un régimen de igualdad y libertades. Triunfó el fascismo internacional también, por la miopía y pusilanimidad de las potencias coloniales de entonces, sacrificando no sólo a los pueblos de España, sino abriendo el paso para que se ensangrentara el mundo, incluyendo a sus pueblos, los de las propias potencias coloniales.

Pero los exiliados republicanos que partieron hacia México, a pesar de un destino incierto y de ir hacia lo desconocido, viajaron con el ánimo y el orgullo muy en alto. Durante la primera travesía del Sinaia cargado de refugiados, navegando por el Atlántico, se lee en el periódico que se editaba a bordo: “Circulan unas píldoras contra el mareo, también debieran circular píldoras contra la nostalgia… Ni las condiciones sufridas deben ser ya motivo para continuarlas imaginativamente, sufriendo, ni todo aquello que hubimos de abandonar debe amontonarse –lacrimoso- ante nosotros para entorpecer nuestra marcha. Fatigas y goces pasados deben convertirse en estímulo, o dejemos libre el paso. Estamos recorriendo un paréntesis vacío entre dos vidas. Hay que recorrerlo cantando, con el mejor equipaje posible de recueros. De la vida anterior sólo debemos conservar lo que verdaderamente sea el germen, levadura, en la segunda vida. No, no es tiempo de brumosas nostalgias sino de duros propósitos. No de desfallecimientos sino de ímpetus. Lo perdido en bienes materiales, de otra índole, de seguro lo hemos ganado en experiencia, en madurez, en hombría. En grandeza de alma. Y ésta la debemos reflejar en el tono general –exterior o interior- de nuestra vida.
“Que ya no podrá ser frívola, puesto que por ella ha pasado la más honda tragedia de la historia española… Estamos representando a España. Debemos salir airosos de la prueba. Nuestro papel es difícil: es el papel de España, de una España que ha perdido sin haber salido de ella” .

Desde el otro lado del Atlántico, mucho tiempo después, conocidas ya muchas de las valiosas contribuciones del exilio a México, Lázaro Cárdenas, al recordar ante españoles republicanos en México la promulgación de la Constitución de la República, el 14 de abril de 1957, les expresó: “Y México, nuestra patria, abrió sus fronteras para recibir a los perseguidos, hombres, mujeres y niños, no sólo por sentimiento, sino cumpliendo también con los principios, para nosotros siempre inviolables, del derecho de asilo.
“Y al llegar ustedes a esta tierra nuestra, entregaron su talento y sus energías a intensificar el cultivo de los campos, a aumentar la producción de las fábricas, a avivar la claridad de las aulas, a edificar y honrar sus hogares y a hacer, junto con nosotros, más grande a la nación mexicana. En esta forma, han hecho ustedes honor a nuestra hospitalidad y a nuestra patria” .

“México fue así condición y escenario del comienzo de la reconciliación de las Españas” , dijo Felipe González hace poco más de dos décadas en una visita que hiciera a México. Y esta es, quizá, no una sino la principal de las aportaciones que diera México para corresponder a España por los bienes que le llevó el exilio republicano, que desde el primer momento se volvió de dos patrias y dos amores.

Se tiene en algunos la impresión que el exilio republicano que llegó a México estuvo compuesto sólo por intelectuales, profesionales, artistas, científicos, y sin duda el contingente de éstos fue de suma importancia, porque fue numeroso y de una muy alta calidad su contribución en el aula, la cátedra, la investigación, la expansión del pensamiento y el desarrollo de la economía. Pero en los 20, 25 o 30 000 españoles que formaron el exilio republicano, adultos y niños, llegaron a México, los más, trabajadores del campo, la fábrica y el taller, que introdujeron nuevos cultivos o mejoraron los existentes, que aportaron mejores técnicas de trabajo o practicaron oficios novedosos, que se fundieron, al igual que los demás, con el país y su gente, y que sus contribuciones a México fueron tan valiosas como las de quienes se desenvolvieron en campos más públicamente reconocidos, aunque sus nombres no hayan llegado a la memoria pública y se conserven más que nada, en el recuerdo y el cariño de su prole mexicana.

Desde que estallara el conflicto, en México, mexicanos y españoles se alinearon tras de uno u otro de los combatientes. La guerra que se libraba en España dividía a la sociedad, encendía los ánimos y abría heridas también en México. Unos saludaron con gozo y beneplácito el levantamiento, otros brindaron firme respaldo a la República. Quienes estaban con la legalidad querían la paz, salvar vidas, proteger la cultura. De ahí las iniciativas para llevar a México a los primeros exiliados: los niños de Morelia y el primer grupo de intelectuales que formaron La Casa de España.

Los primeros republicanos exiliados que pisaron tierra mexicana fueron los 1620 pasajeros del Sinaia, quienes el 13 de junio de 1939 desembarcaron en el puerto de Veracruz. Ahí llegó el primer contingente del éxodo masivo, que se vio interrumpido en 1942 por el estallido y generalización de la 2ª guerra mundial. Ahí empezó la integración y mexicanización de los exiliados, que llegaron y al mismo tiempo no llegaron a tierra extraña.

El exilio, que se pensó temporal, se hizo permanente. Había la ilusión de un pronto regreso, pero la guerra mundial, primero, y la indecisión de las nuevas grandes potencias frente al régimen franquista al firmarse la paz, y la exoneración de sus crímenes, que eso representó ante la conciencia del mundo la admisión de la España de Franco a la Organización de las Naciones Unidas después, borraron la temporalidad y afirmaron la permanencia de los exilios republicanos.

Los recién llegados, muy pronto, se hallaron en México realizando las mismas actividades que realizaban en España.

La Casa de España, creada por la iniciativa de Alfonso Reyes y Daniel Cosío Villegas, que con gran simpatía acogiera el gobierno de Lázaro Cárdenas, a la que llegó un valioso grupo de hombres de cultura y ciencia de España, que constituyó su núcleo fundacional, pronto se transformó y creció como El Colegio de México, hoy, sin lugar a dudas, uno de los más prestigiados centros de investigación del país.

La actividad cultural y artística de los exiliados se reflejó, desde un principio, en las muchas obras –más de dos mil doscientos libros escritos ya en México para 1951, más pinturas, esculturas, películas, etcétera- que empezaron a producirse en México, en la creación de nuevas casas de edición, en el surgimiento de nuevas librerías, en la contribución al desarrollo de oficios como el de restauración de libros y documentos históricos, tipografía, encuadernación, creación también de nuevas escuelas, en las que niños de ambas patrias empezaron a conocerse y convivir.

Muchos de los recién llegados se incorporaron a la cátedra universitaria y a la investigación en biología, química, derecho, filosofía, matemáticas, así como en muchas disciplinas más. Otros reiniciaron su práctica profesional como médicos, abogados, arquitectos, agrónomos, ingenieros de distintas especialidades. Llegaron también empresarios que volvieron a ser exitosos en su tierra de nueva adopción.

México abrió al exilio y a españoles liberales, no necesariamente exiliados, oportunidades que en la España de la dictadura se les habían cerrado. Así, editoriales con su matriz en España pudieron publicar en México libros prohibidos por el franquismo. En México también, en la época de la represión más dura, se editaron cerca de 200 libros y más de 80 ediciones periódicas en lengua catalana, con lo que este idioma sobrevivió en esta época de obscurantismo en España .

En el número 1 de Quaderns de l’exili, de septiembre de 1943, se dice que “nunca antes de 1939 se había remarcado con tanta insistencia que la lengua era la patria… para un catalán la persistencia del idioma era la médula de la nacionalidad”, Albert Manet, autor de La literatura catalana a l’exili declaró que desde 1939 hasta cerca de los años sesenta, “en México se mantuvieron vivas la cultura y la lengua catalanas mientras en Catalunya eran inexistentes” .

Todos los exiliados republicanos, en una actividad o en otra, sin escatimar esfuerzos, entregaron sus conocimientos, talento y creatividad a México, a su cultura, a la enseñanza y formación de sus niños y jóvenes, a su expansión social y al desarrollo de su economía. Todos, por otro lado, se integraron a la vida de México, haciendo crecer a la familia o formando nuevas familias, identificándose con los valores y sentimientos de la nueva patria, sumándose al esfuerzo por su progreso.

Mucho ha sido lo que el exilio republicano español ha dado a México, no sólo en el tiempo que corre de 1939 a 1977, sino hasta hoy, pues si bien las relaciones diplomáticas estuvieron canceladas en aquel período, las de otra índole –culturales, comerciales y, desde luego, afectivas-, de hecho, nunca se interrumpieron. De aquel exilio –y hoy todos deseamos que no vuelva a haber más exilios en el mundo-, que hincó raíces hondas en México, surgió una nueva nacionalidad, que es dos en una, la del español-mexicano o mexicano-español, que no es ni más español y menos mexicano o más mexicano y menos español, y que tiene y mantiene identidad, compromiso y corazón aquí y allá.

Al agradecer nuevamente las distinciones que he recibido en este Congreso, al agradecer igualmente la distinción a mi madre, Amalia Solórzano de Cárdenas, que aunque no ha podido hacer aquí presencia, la agradece como reconocimiento al pueblo mexicano que recibió fraternalmente al exilio republicano, y como reconocimiento también a Lázaro Cárdenas, su compañero de toda la vida, Presidente entonces de México, quien al abrir el país a los españoles republicanos, cumplió con la solidaria y humanista obligación de brindar asilo a hermanos en desgracia, y reafirmó la convicción, que tuvo desde un principio, que México se enriquecería en lo humano y material y serían muchos y muy variados los beneficios que recibiría del exilio republicano español. Y Lázaro Cárdenas no se equivocó.


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